Texto para la exposición individual “Obra en construcción”. MAC. Santa Fe (Argentina). 2005.

CAER DE MADURO.
Por: Tulio de Sagastizábal.

Los artistas son frutos extraños: cuando están maduros caen del árbol y comienzan a rebotar. Es una manera de ser: rebotando. Dan un golpe aquí y después dan un golpe allá.
Esos golpes ocupan el lugar de una respuesta y siempre son sorpresivos, si de artistas se trata. Desconciertan, o pueden asombrar; en todo caso siempre provocan un extraño vacío ante nosotros,  y algunos nos arriesgamos a penetrar en él, y otros no.
Extraño vacío o desconcierto porque han logrado abrir las imágenes al medio como si fueran un durazno maduro, o partirlas, destruirlas, en muchos pedacitos de los que brotarán más adelante las nuevas imágenes que repetirán el ciclo biológico de lo imaginario.
Pero, cuándo está maduro un artista? Quizás siempre lo estuvo, dado que la condición misma de artista, de serlo, de poder serlo, de decidir serlo, es esa misteriosa capacidad remota e ignota de caer y rebotar.
Y siempre todo comienza en la caída, como un relato mítico cualquiera. La caída, la caída al vacío, la caída en el propio destino, la caída en la deslumbrante capacidad de decir, decir con la propia voz, hablar con la propia historia.
O sea que caer se da porque es insostenible la quietud.
O sea, el que se mueve es el artista. El mundo también, claro. Pero el mundo siempre ha estado quieto moviéndose. Pero ahora es uno, el artista, el que se mueve y siente que se mueve, y ve cómo puede arrastrar consigo sus coordenadas.
Uno podría poner una fecha aquí, en este instante: una fecha inaugural. No es un momento preciso, pero podemos decir Hoy, o Ahora.
Así fijamos en la memoria el recuerdo de lo que deseamos. El recuerdo de lo nuevo, que envuelve y acaricia todo el recuerdo de lo que tuvimos y no tuvimos. Y el recuerdo de hoy es el recuerdo eterno.
Para nosotros y para los que quieran escucharnos. O nos escuchan porque nos quieren, y también escuchan lo que quieren. Pero nos escuchan y viajan con nosotros. Un tramo con seguridad.
No estoy queriendo decir nada: asisto asombrado al lugar donde me llevan las palabras, que me asumen con delicadeza para poder hablar de Cintiaclara y sus pinturas, su obra y su trayecto.
Pero no quería tampoco decir nada acerca de sus obras.
Hoy, al menos, contagiado por el recuerdo de lo que vi en ellas, prefiero que se asomen, dejando asomar el resplandor, otra vez, del secreto y del enigma de las imágenes que nacen para contar, y para contarse, lo que las palabras se abstienen de pronunciar para no mentir.