Texto para la publicación “Curadora. Residencia para artistas2014/15”. Ediciones UNL. 2016.

LA LEJANIA ELEGIDA.
Por: Leopoldo Estol.

“Hay una hora, en la tarde, en la que es necesario ir hasta el árbol quemado por un rayo, juntar sus pedacitos de madera quemada, traerlos al taller, al lugar donde se escribe el diario de los días que pasan.” La tarea bien podría ser pagana, bastaría que a algún hechicero se le antoje madera quemada para que todo cobre un sentido preciso y hasta redundante. ¿Un hechicero haciendo de las suyas? No, es Patricia Spessot, una artista residente.
En el GPS las calles se desdibujan y los aromas súbitamente se multiplican acompañados por algún exponente desconocido. El puente colgante de Santa Fe queda maravillosamente atrás y Curadora se abre paso como un espacio donde no hay apuros, todo se transforma en tiempo para crear. Los anfitriones son Cintia Clara Romero y Maximiliano Peralta Rodríguez, quienes habitan una casa azul en Rincón donde reciben artistas de todas las latitudes del país. Una auténtica residencia apartada con elegancia de las burocracias urbanas, un poblado semirrural con eucaliptos, lagunas y bichos a 30 minutos de la capital santafesina.
Espiando el taller de su tío que pintaba en los ratos libres, Cintia se asomó al arte como un personaje de Miyazaki: aferrándose a algo misterioso que más tarde se volvería entrañable. Hizo cerámica, investigó la filosofía oriental, el zodíaco, así como hizo los deberes y terminó su licenciatura en la Universidad Nacional del Litoral. Cintia conoció a Maxi en Buenos Aires, en el 2006 en ArteBA. Luego se vieron en Córdoba, como él es oriundo del Misiones podemos imaginar de qué color era el polvo en sus zapatillas. El romance supo esperar. Volviendo a los estilos: la obra de Maxi abrevia la distancia que separa la pintura geométrica de la construcción de madrigueras temporarias, con ramas que se van uniendo con alambre y cintas de colores. Cintia narra pequeños relatos, filma instantáneas en video con la liviandad del haiku donde subir a una escalera se vuelve un acto raro, un hipnótico transcurso.
“Cuando nos mudamos a Rincón –cuenta Cintia– un temor nos rondaba al pensar si el alejamiento de los centros del arte acotaría nuestro horizonte de interacción. Nos instalamos en una casa a la que empezamos a hacerle modificaciones y el albañil nos incentivaba a hacer una ampliación más grande de lo que nosotros teníamos pensado. Nos dejamos llevar y cuando se terminó la plata quedamos un tiempo viviendo en una casa a medio construir”.
A posteriori, la discreta ambición del albañil de tener más jornadas de trabajo se resignificó cuando la pareja de artistas entendió que ese espacio suplementario podría ser utilizado como cuartos para albergar visitantes. Así nació Curadora que ni lenta ni perezosa ya pasó las diez temporadas.
Acciones diversas como leer, explorar o vagabundear se reparten las horas junto a pintar o editar un material serialmente postergado. Como en las mil y una noches, una historia se esconde dentro de otra historia, una araña abandona la carcasa de un caracol y emprende la huida. En la residencia, la búsqueda artística se entrevera con las comidas que prepara Cintia o las que acerca su madre.
Cae la distancia artificial que señala a los árboles como una parte inanimada del todo. Con el pasar de los días la cercanía del bosque nos ofrece un compañero fiel. Un mirada sigilosa y hasta protectora se oculta detrás del sonido de las chicharras, del fragor de las ramas cuando hay mucho viento y los cracks que hacen nuestras pisadas a medida que avanzan sobre la hojarasca. En Curadora los árboles son colosos que testimonian lo que los artistas hacemos en nuestra particular órbita. Con los sentidos colmandos gracias a miles de pequeños acontecimientos nuestra percepción se potencia. Algo parecido a una reberverancia aparece en las comidas intentando hilar lo ocurrido durante las exploraciones, a veces con humor, otras veces acompañado de signos de pregunta. Los anfitriones intentan guiar nuestra intuición sin frustrarnos. Los límites de este mundo parecieran más blandos, algunos alambrados pueden ser franqueados sin temor, algunos vecinos -también curiosos- se entusiasman y participan de los proyectos. La caminata pareciera una medida universal. Hay que pensar un título: caminata. Todavía no me animo a hacer performance: caminar. Cómo serán los primeros rayos del sol sobre el río: despertador y no olvidemos un calzado que contemple las gotas del rocío.
En el espacio taller que hay en la casa se puede vislumbrar la personalidad de los otros a través de la dinámica que le imprimen al lugar. Los materiales recolectados, los cuadernos de notas superpuestos con los blocks de dibujo, la puntualidad con la que alguien enjuaga sus pinceles y como la escritura atraviesa todas las capas y fluye. Por la noche, antes de la cena, en este espacio, los residentes comparten fotos y anécdotas de sus distintas latitudes de pertenencia. Así resuenan otros artistas aún desconocidos como leyendas que habrá que empezar a conocer. Un powerpoint exhibe obras como quien recuerda estaciones de un viaje, así se afianzan los lazos que generan confianza. Dando la vuelta, en el pasillo muy cerca de la puerta de entrada, hay una biblioteca llena de libros de teoría y también, literaturas para zambullirse sin más. Inspiración y embriaguez se unen y un pensamiento se empieza a repetir en mi mente: “todavía no me fui y pienso en volver.”
La mezcla de orígenes genera un cóctel de acentos y maneras de ser. La lejanía elegida, esa casa en las afueras de la capital de una provincia, peculiar hábitat que une lo frondoso con la avanzada constructora del ProCreAr. Están los que se comunican juntando ramitas, los que experimentan con la acústica del bosque o simplemente los que esperan a ver qué pasa luego de unos días apartados del fulgor de la ciudad. El fuerte de Curadora es ir contra la corriente, planteando que se puede desde el interior del país gestionar, dar visibilidad y ser afluente de intercambios. La curación ocurre, es la noche prodigiosa con su oscuridad amiga, en el despojo de todo lo que es accesorio, el arte aparece como ese alimento que inventamos para mantenernos vivos.