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“Interfaces: diálogos visuales entre regiones”. MMAV. Santa Fe (Argentina). 2008. Curaduría: Fernanda Aquere y Alejandra Hernández. Artistas: Graciela Arce, Sandra Carriel, Horacio Díaz, Fernanda Hernández, Diana Marcheti, Ponchi, Cintia Clara Romero, Nicolás Sara, Florencia Stecconi, Rosana Storti y Ángel Tocce.

Asociaciones  ilícitas / lícitas.
Por: Alejandra Hernández y Fernanda Aquere- Curadoras.

Lo  contemporáneo  se ha convertido  en un terreno
contradictorio  y  discontinuo, y ahí es precisamente
contradictorio  y  discontinuo, y ahí es precisamente”
Kevin Power

Generada  en  los diálogos que este programa promueve y establecidos los puentes en las aguas a las que nos han invitado a navegar, por “un error de pluma” surge la primera asociación, una ilícita expresión “San  Roca” cruce indebido que nos inquieta e incita a  cuestionarnos el conflictivo y desatinado nombre. Pero es en el segundo juego de palabras: “fe general”, donde decidimos poner proa y bordear, por unos instantes, los espacios comunes a los que se arriba, producto de esa  fe general establecida. Confrontamos  con  lo absoluto de algunas  teorías y exploramos las conexiones subterráneas, con el fin de hallar los vasos comunicantes que nutren  sus discursos. Advertimos que en estas  zonas el diálogo está pensado por fuera de los sistemas convalidados y legítimos.
Zarpamos nuevamente hacia mar abierto, determinamos las coordenadas y pautamos dónde establecer nuestra mirada. Comenzamos a encontrar asociaciones entre artistas. Nos interesó fomentar posibles vínculos a partir de lo que nuestra intuición leía y nos dibujaba como aproximaciones y afinidades. Planteamos nuestra propuesta curatorial de asociaciones, relacionando  un artista de Santa Fe con uno de General Roca. Para establecer una plataforma de acción nos acercamos al concepto de Justo Pastor Mellado cuando sugiere olvidarse del curador como promotor de arte y pensarlo como productor de historias, comprometido con su tiempo.
El arte es un estado de encuentro”[1].
Los artistas invitados a participar en esta Interfaces, fueron seleccionados teniendo en cuenta las potencialidades para asumir este desafío. Están vinculados con  las producciones de arte  contemporáneas, manifiestan una trama de intereses comunes que los acercan y en consecuencia, se desvanecen los considerables kilómetros que distancian los paisajes atravesados por un río y otro, uno que jamás encuentra un mar donde perderse y otro que serpentea desérticas bardas hasta encontrarlo. Participan en espacios de discusión y  reflexión, les interesa el crecimiento de su obra  a partir de la mirada de sus pares. Amplían  el desarrollo de sus pensamientos beneficiados por el desprejuicio en la apropiación de recursos y lenguajes, con percepciones e ideas surcadas de fragilidades personales, auto referenciales algunas veces, otras menos evidentes. Atraviesan las artes visuales  para ocupar y conquistar otros territorios, van a la deriva navegando con un mapa de ruta  en  construcción y expansión. Se involucran en la escena artística local y algunos de ellos se desempeñan en la gestión cultural independiente.
Las relaciones de pares están sustentadas no sólo por las particularidades conceptuales y  formales, sino también por los encuentros que se originen en el espacio virtual y real, en las modificaciones e incomodidades que produzcan unos sobre otros, en la copia, en la apropiación  y en la regeneración de ideas.
La imagen contemporánea se caracteriza justamente por su poder generador: ya no es una huella (retroactiva), sino un programa (activo)” [2].
La primera aproximación a las obras de Diana Marchetti y Ángel Tocce es intuir que por detrás de la contundencia de los colores y la repetición de una trama inacabada, existe algún desplazamiento que sólo ellos conocen. Estos recorridos en suspenso no evidencian principio ni final, son la puerta de entrada principal que nos ofrecen para establecer nuestro propio tránsito a través de sus pinturas. Ángel se deja llevar confiado en su capacidad de sintonía con el devenir mismo de la vida. Su práctica evidencia el modo en que pueden reelaborarse continuamente construcciones azarosas y orgánicas. Esta actitud palpable en su obra nos incita a participar en la piel de sus llamados trances y a reelaborar los conceptos de “celebración de la naturaleza”, sin ninguna pretensión visible de significación .Es el derrame mismo, pacientemente manufacturado. Diana nos tiende una trampa sutil al inducirnos a pensar que en las tramas que construye hay un relato para descifrar. Hace evidente el gusto por el quehacer manual laborioso y nos  plantea su resistencia a la repetición mecánica y absoluta. Atraviesa la reproducción de un módulo infinito, de su posible “movilidad – inmovilidad”, esperando la fisura que le permita huir para integrarse a otra trama nuevamente y volver a explorar los límites de esta nueva relación.
Las artistas Cintia Clara Romero y Fernanda  Hernández utilizan como recurso de producción y expresión la fotografía. Cintia Clara traza un mapa de ruta interior para emprender viajes a lugares lejanos. El desplazamiento es una excusa que le permite al  regreso “detener la mirada sobre lo mínimo” y reencontrarse con su espacio íntimo y privado. A partir de su propia subjetividad establece una relación lúdica y poética entre  lo que la circunda y lo que se encuentra distante en el tiempo y en el espacio; manipula el entorno, los relatos, lo conocido y lo desconocido; todo se vuelve relativo,  inclusive la mirada. Para desarrollar su obra Fernanda transita  los metros necesarios para llegar a la ventana de “su casa en la colina”, espacio  que convierte en mirador del paisaje urbano. Fachadas y terrazas mutan en barcos sin tripulación que navegan sobre un mar de cemento; los  objetos están inmersos en un espacio sin atmósfera, donde todo sucede en una soledad habitada.
Horacio Vallejos (Lacho) y Chorus  son asiduos protagonistas del  mundo de la música. Sus  obras parecen similares en cuanto a su funcionamiento y motivación, pero están construidas a partir de elementos diferentes y ambos utilizan mecánicas operatorias inversas. Músico experimental y videasta, Marcelo “Chorus” Gómez llega más allá de los bordes de las artes visuales combinando imagen y sonido. Transita con gran libertad, se desentiende de las estructuras e investiga lúdicamente las posibilidades que le brindan todos los medios que le son conocidos, nos invita a su camino de exploración como quien emprende un viaje a los confines del universo, y nos sumerge en su atmósfera cósmica en permanente mutación. Parte del hacer concreto, virginal y abstracto, de un dibujo propio manual, digitaliza la imagen, la recorta y repite hasta hacer irreconocible esa primera operación. Lacho, como un “voyeur”  de momentos, arma su mensaje utilizando melodías e imágenes del mundo de la música punk, que a él le interesan. Zonas que recorre y de las cuales fragmenta momentos que traslada a imágenes sintetizadas. A partir de éstas, hace su intervención manual pintando sobre soporte industrial, y remarca este trabajo con otro trabajo manual ancestral; el bordado. Confiere  así una  sensible línea que invita a recorrer los íconos que él destaca.
Se pone de manifiesto en los trabajos de Florencia Stecconi y Rosana Storti la mirada y la presencia de la mujer. Esto no implica una postura ni discurso feminista, pero la elección, clasificación y lavado de las telas que realizan para la elaboración de sus obras remite a los tradicionales quehaceres domésticos. Apelan a los recuerdos, afectos y pérdidas, las que son recicladas, atadas y dibujadas. Florencia parte de la tela en blanco; sábanas inmaculadas que funcionan como soporte de una historia. Establece una relación directa entre  los acontecimientos significativos de su vida y la transformación de su cuerpo. Utiliza el dibujo como medio de expresión. Con trazos infantiles apela al lenguaje de la historieta,  lo que le  otorga  ambigüedad  a la obra y descomprime el contenido del relato. Para la elaboración sus trabajos Rosana utiliza  retazos de géneros de distintos colores y texturas, los selecciona  de manera meticulosa, expresa: “busco en mi obra involucrar al otro”, lo cual trasunta en los cuantiosos nudos que confecciona, metáfora de los kilómetros que la distancian de su familia.  Involucra “al otro” cuando amigos y desconocidos  participan en la producción de la obra. De esta manera construye una red de relaciones que desdibujan la autoría individual y  fortalecen la colectiva.
Sandra Carriel y Nora Mocciola transitan por lugares análogos. Inscriben su vida cuando revelan el rostro de sus seres queridos o indagan sobre la incidencia de los vínculos afectivos que establecen, y lo hacen obra. Apelan a estrategias de producción similares: buscan, seleccionan,  envuelven y  embolsan materiales “poco nobles”, que en el proceso creativo se re significan en fragmentos de una poesía intimista. Sandra ensambla texturas, borda colores y cose recuerdos.  Pinta con  papeles ,hilos  y  telas su álbum familiar, el cual nos invita a  mirar y del que nos  apropiarnos cuando nos reconocemos en los personajes y en aquellos  momentos vividos inolvidables, que pertenecen también a nuestra propia historia. Nora  emprende viajes, retorna y parte nuevamente, viaja literalmente en su ciudad y fuera de ella, viaja  en la producción de su obra y en todos los recorridos acopia elementos y recuerdos, materia prima que utiliza en la elaboración de los objetos que construye.
El diálogo entre la producción visual de Graciela Arce y Horacio Martín Díaz se establece por las operaciones  conceptuales y estrategias que aplican durante el proceso de la obra por el lenguaje  estético que utilizan, el cual  remite a los códigos que referencian al pop art y por  la meticulosa factura que parece camuflar situaciones no condescendientes. Detienen la mirada en lugares que están al alcance de todos, los atraviesan  con sus deseos y fobias para diseñar una trama ficcional, soporte conceptual de la obra. Graciela (Pachu), realiza sus trabajos dentro de un planteo auto referencial, establece un juego de opuestos entre lo público y lo privado, realiza una especie de excursión de caza mayor por “baños públicos”, los interviene,  fotografía y decodifica para armar un nuevo relato, en el cual es la autora y la protagonista. A las figuras que realiza en vinilo, las recorta a “mano”; tal vez  evita el  plotter de corte para no correr el riesgo de quedar, por un instante fuera de la historia. Horacio ingresa y se retira con comodidad de diferentes lugares y lenguajes. Alerta y “siempre listo” recorre la ciudad  con  su cámara digital. Se define como  un romántico que sale al rescate  de un gesto, de lo mínimo, pero transita siempre por los bordes. Provoca  un cruce de miradas que pujan en la dualidad: aquello que nos seduce puede, al instante  causarnos incomodidad, es el momento en que descubrimos que hay algo latente y nocivo. Cuando  en una de sus obras yuxtapone las imágenes de un juguete/ bebé junto a la de un perro feroz, nos dice que el que está en peligro es el perro. En los montajes que realiza con  textos visuales / literarios y en los videos que produce, el hombre se hace presente en el vacío que genera su ausencia.
Reunimos a Nicolás Sara y Albano Boj por el interés común de subvertir en sus pinturas las formas de representación de la realidad, y por la exploración – apropiación que cada uno hace en el campo sonoro, gestos que en apariencia están disociados de la obra pictórica, pero con la que establecen una íntima relación de transferencia. Albano construye su obra con una carga particular,  no le teme a la narración, aunque sólo es posible entrever una arista de su mensaje, ya que  propone un relato parcial y fuera de foco, inmerso en una pintura frontal y visceral. El  personaje que representa siempre se halla oculto o fragmentado, se vislumbra la quimera que sólo es posible develar al  oír su apasionante relato hablado. Si sus pinturas desprendieran sonidos, sería seguramente el de su acento cordobés, embriagado de exaltación y pasión por la historia misma que las generó. Nico se sumerge en una operación conceptual simbólica, aísla un objeto, lo carga de significado y lo exhibe  sobre un fondo neutro  que le provee contención en el vacío. Lo presenta más que representa. Sin embargo esta operación no es aparentemente su destino primordial. Pareciera que su propósito es el de confrontar los recursos tecnológicos por medio del trabajo artesanal que realiza, lo cual le proporciona a las imágenes un plus de calidad y acabado. Completa el efecto ensoñador de estas jugadas con la exquisita música que compone, arregla y vocaliza.
La fotografía como medio y soporte, son el punto de conexión entre las obras de Fernando Genoud y “Pil” Carlos del Rey. Arriesgados exploradores en  emulsiones, plantean juegos de reflexión acerca de las problemáticas que a ellos les inquietan. Fernando experimenta de manera compulsiva y tenaz. Interviene con textos sus fotografías, en las que vuelca su propia subjetividad y cobran protagonismo como un medio plástico más. Sin determinaciones, por medio de planteos abiertos sobre sus reflexiones y preocupaciones filosóficas, nos provoca con su delirio irónico, momentos donde el humor siempre se viste de gala. Pil irrumpe la emulsión fotográfica para exponer a modo de interpelación su preocupación por las conductas éticas sociales. Captura los “micro -mensajeros”, de los envases de productos de consumo masivo y los expande para que su misión se vuelva contundente.
En las obras de Ponchi y Lucía Galeano el recorrido es una constante. Ambos diseñan maquetas y carteles ficticios para espacios de construcciones ilusorias. Lucía desborda  atrevimiento. Los desafíos la encienden y no les muestra resistencia alguna, se deja atravesar por ellos segura que saldrá airosa. Su capacidad de reflexión y apertura para interpretar sucesos son los cimientos que sostienen sus construcciones. Explora todos los medios a su alcance y  expande sus límites más lejanos. Manifiesta que su  obra es un todo en la que  ensambla la arquitectura, los viajes y los afectos. Ponchi crea un diálogo de procesos utilizando y mixturando el paisaje (género tradicional de  las arte plásticas) y  los recursos tecnológicos que  manipula. Pero su preocupación va más allá de estas operaciones, lo cual se refleja en la esencia de su propuesta. En un intervalo breve y puntual  nos re – presenta al paisaje como poesía  visual que materializa en carteles urbanos o mapas. Para su recorrido, nos sugiere las direcciones posibles, y es en este instante donde uno elige llegar a otros sitios.
Fue prioritario para llevar a cabo el proyecto, promover el diálogo, la acción y la reflexión acerca de los procesos y resultados. Se gestó una propuesta dinámica y gradual, las muestras tendrán diferentes niveles de complejidad y desarrollo en cada uno de los espacios. Los artistas harán visible la relación de pares, por medio de las producciones visuales y sonoras que realicen en forma conjunta y por la exhibición de los textos que generen durante el viaje, en el que se han embarcado. El destino es incierto, lo desconocido se presenta como desafío.


[1,2] Bourriaud, Nicolás. “Estética relacional”, Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2006.